Y cuando
llegue el día del último viaje
Por JESÚS
SOSA CASTRO
La ausencia de quienes me dieron la vida volvió a mí con un
sentimiento nunca sentido. Si mi primera infancia no estuvo registrada en los
anales de ninguna historia, hoy quiero escribir unas líneas sobre lo que viví y
de lo que creo que dejaré como rastro, ahora que llegue el día de mi último
viaje. En este largo lapso he sumado amigos, muchos amigos y grandes compañeros
de lucha. Y en el campo, mis experiencias de niño campesino crecieron como
almácigos, resultado del amor al trabajo que siempre estuvo presente en la conducta
de mis padres. En recuerdo a esas etapas, pondré al escrutinio público algunos
hechos que me marcaron para siempre. Porque mucho de lo que hice y de lo que
fui, se los debo a la sabiduría y a la perseverancia de esa portentosa pareja
Cuando felizmente me mandaron a la escuela a la ciudad de México
para continuar mis estudios, mi madre puso en una caja de cartón algunas
prendas que podrían serme útiles en lo que para mí era un lejano lugar. Fue en
ese momento cuando descubrí que por las mejillas de su rostro escurrían
lágrimas. Sabía que yo iba en busca de un mundo que no era mi mundo. Dejaba
atrás mi arraigo a la tierra, a mis padres, a un puño de hermanos y el correr de
las aguas que se deslizaban cuesta abajo en las frecuentes épocas de lluvias
Mi primer encuentro con una nueva realidad consistió en comer
las sobras que dejaban los estudiantes que tenían internado y comedor. Dormía
arrimado con alguien que me apoyo sólo por su buen corazón. Mis compañeros de
grupo eran mayoritariamente provincianos como yo, nos distinguía la resistencia
que les hacíamos a los citadinos en su conducta contra los “indios” que siempre
fue clasista y presuntuosa de lo que les había dado la vida. Meses después
empecé a recuperar mi orgullo y mi dignidad. Las circunstancias me dieron un liderazgo
a nivel estudiantil y en ese carácter impulsé el apoyo a los maestros en huelga
por mejores salarios y libertad sindical. En Tijuana BC con mis compañeros hicimos
la primera manifestación pública de apoyo a la revolución cubana
A mi regreso a la ciudad de México fui invitado a un congreso
clandestino que los maestros del MRM habían convocado en las chinampas de Xochimilco.
A partir de entonces mi vida estuvo ligada a los movimientos sociales y
políticos que encabezaban mujeres y hombres de reconocida fama pública. Tuve el
honor de ser militante, activista y fundador de todos los partidos de izquierda.
Mis maestros políticos fueron Othón Salazar, Valentín Campa, Demetrio Vallejo,
Arnoldo Martínez Verdugo y Lucio Cabañas entre otros destacados camaradas. Desempeñé
encargos importantes nacionales e internacionales. Fui dos veces secuestrado y torturado.
Hoy quiero dejar a quienes me siguieron, este testimonio de lo que fui y de lo
que soy. Ya he cumplido mi ciclo. Me retiro con orgullo de no haber traicionado
ni mis ideales ni a mi pueblo. Me voy abrazando las palabras de Antonio Machado
“como ha llegado el día del último viaje, y está al partir la nave que nunca ha
de tornar, estaré allí ligero de equipaje, casi desnudo como los hijos de la
mar”
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