sábado, 9 de mayo de 2026

 

Un desagravio tardío

Por JESÚS SOSA CASTRO

Hace muchos años, traía la manía de andar buscando novedades literarias en las librerías de la ciudad. Varios textos de poesía y literatura se les atravesaron a mis ojos. En ellos se hablaba de algo que nunca había sido de mi mayor interés. Otros recogían los sentimientos más sublimes que solo personas de alma sensible, escriben para levantarle el ánimo al ser humano cuando se encuentra postrado por los males que atropellan su vida. En esa época, había hecho mío el pensamiento del escritor argentino Jorge Luis Borges que en su libro El Aleph escribió que de todos los instrumentos del hombre el más importante es el libro. Mi juventud y mis ideas iban de la mano con estos y otros textos. Trabajaba en el cultivo de mis sentimientos y hacía esfuerzos por entender el por qué un hombre como mi padre frecuentemente le veía salírseles las lágrimas como si fueran gacelas correteadas por algo que les picaba el corazón

Eso que leí, vi y sentí me revoloteó mis ideales, aquellos que dentro de mi alma los años y las luchas los habían acrecentado para dar paso a recuerdos amargos que me habían dejado las celdas oscuras de Tlazcoaque y del campo militar No. Uno. Desde entonces aprendí a entender entre líneas lo que los escritores, políticos y poetas les sale del cerebro para dejar que el humanismo y no la discordia sea quien retoce de la mano del viento. Así fue como en ese entonces me leí esos textos. Me impactaron los poemas de Pablo Neruda, El hombre que amaba a los perros de Leonardo Padura y el poema Dos de Alejandro Emilio Ramírez Ravelo. Escritores y poetas que se metieron en mi alma con profundidad y con una alocada desmesura. De Neruda, ni hablar. Padura le dio sentido y hondura a lo que significan el amor al hombre, a la justicia y a la libertad. Pero Ravelo hizo que lo que hoy traigo a la memoria sea lo más hermoso que quise leérselo a mi esposa cuando mis ojos y mis huesos empezaban a quebrarse por dentro y por fuera

No quise y tampoco pude expresárselo de manera personal. Me angustiaba verla sufrir después de que mi cuerpo y mis venas se enfriaban en sus brazos. Hoy que he logrado que mi ánimo comienza a retomar su curso, quiero subsanar un agravio que iba a cometer al no decirle a CARMEN lo que el poeta me dejó para que le proclamara a mi compañera de vida que sigue siendo todo para mí. Hoy se lo dejo en este texto. Yo no podría interpretar con fidelidad lo que el poeta quiso decirle a su amada cuando ya él estaba agonizando. Dejo a la mujer que amo y a todas las madres, sean ellas quienes descubran lo que Ramírez Ravelo entiende acerca del amor y la tristeza “Hoy jugaba a las palabras, a los sueños, al recuerdo. Miraba pasar el tiempo, tus pasos, tu cuerpo. Te miraban mis ojos, me miraban los tuyos. Muchas hojas cayeron, blancas nubes llovieron. Y al pasar de la vida, nuestros brazos se abrieron, Nuestros ojos se vieron, nuestros sueños volvieron, Y hoy, cuando el frío ya se viene, Ya tus pasos se oyeron. Si tus ojos vivieron, si los míos te entendieron y Nuestros brazos se abrieron ¿Qué me importa ya irme, si las brumas se hundieron ¿Si mis ojos te vieron y mis miedos huyeron?”

 

 

 

 

 

 

 

 

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