Un
desagravio tardío
Por JESÚS
SOSA CASTRO
Hace muchos años, traía la manía de andar buscando novedades
literarias en las librerías de la ciudad. Varios textos de poesía y literatura se
les atravesaron a mis ojos. En ellos se hablaba de algo que nunca había sido de
mi mayor interés. Otros recogían los sentimientos más sublimes que solo
personas de alma sensible, escriben para levantarle el ánimo al ser humano cuando
se encuentra postrado por los males que atropellan su vida. En esa época, había
hecho mío el pensamiento del escritor argentino Jorge Luis Borges que en su libro
El Aleph escribió que de todos los instrumentos del hombre el más importante es
el libro. Mi juventud y mis ideas iban de la mano con estos y otros textos. Trabajaba
en el cultivo de mis sentimientos y hacía esfuerzos por entender el por qué un
hombre como mi padre frecuentemente le veía salírseles las lágrimas como si
fueran gacelas correteadas por algo que les picaba el corazón
Eso que leí, vi y sentí me revoloteó mis ideales, aquellos que
dentro de mi alma los años y las luchas los habían acrecentado para dar paso a
recuerdos amargos que me habían dejado las celdas oscuras de Tlazcoaque y del
campo militar No. Uno. Desde entonces aprendí a entender entre líneas lo que
los escritores, políticos y poetas les sale del cerebro para dejar que el
humanismo y no la discordia sea quien retoce de la mano del viento. Así fue
como en ese entonces me leí esos textos. Me impactaron los poemas de Pablo
Neruda, El hombre que amaba a los perros de Leonardo Padura y el poema Dos de Alejandro
Emilio Ramírez Ravelo. Escritores y poetas que se metieron en mi alma con
profundidad y con una alocada desmesura. De Neruda, ni hablar. Padura le dio sentido
y hondura a lo que significan el amor al hombre, a la justicia y a la libertad.
Pero Ravelo hizo que lo que hoy traigo a la memoria sea lo más hermoso que quise
leérselo a mi esposa cuando mis ojos y mis huesos empezaban a quebrarse por
dentro y por fuera
No quise y tampoco pude expresárselo de manera personal. Me angustiaba
verla sufrir después de que mi cuerpo y mis venas se enfriaban en sus brazos.
Hoy que he logrado que mi ánimo comienza a retomar su curso, quiero subsanar un
agravio que iba a cometer al no decirle a CARMEN lo que el poeta me dejó para
que le proclamara a mi compañera de vida que sigue siendo todo para mí. Hoy se
lo dejo en este texto. Yo no podría interpretar con fidelidad lo que el poeta
quiso decirle a su amada cuando ya él estaba agonizando. Dejo a la mujer que
amo y a todas las madres, sean ellas quienes descubran lo que Ramírez Ravelo entiende
acerca del amor y la tristeza “Hoy jugaba a las palabras, a los sueños, al
recuerdo. Miraba pasar el tiempo, tus pasos, tu cuerpo. Te miraban mis ojos, me
miraban los tuyos. Muchas hojas cayeron, blancas nubes llovieron. Y al pasar de
la vida, nuestros brazos se abrieron, Nuestros ojos se vieron, nuestros sueños
volvieron, Y hoy, cuando el frío ya se viene, Ya tus pasos se oyeron. Si tus
ojos vivieron, si los míos te entendieron y Nuestros brazos se abrieron ¿Qué me
importa ya irme, si las brumas se hundieron ¿Si mis ojos te vieron y mis miedos
huyeron?”
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