sábado, 10 de abril de 2021

 

Las causas de Espartaco, Tzilacatzin y Emiliano Zapata

Por JESÚS SOSA CASTRO

En un viaje por mar, Craxio, el esclavo galo condenado a remar de por vida, le decía a Espartaco que alguna vez él había sido libre. Espartaco, que no había conocido otra amistad que el chasquido del cuero en las costillas, le preguntó en un tono silencioso: ¿Libre? ¡Sí, contestó Craxio! Originariamente nosotros fuimos “los dueños del látigo y la lanza, los vencedores sobre las legiones romanas, los que organizamos nuestra vida comunitaria, los que finalmente rompimos todas las fustas, las lanzas y todas las espadas”

Al oír las palabras de Craxio, a Espartaco le fueron sabiendo diferentes las picaduras del látigo. Elaboró su dolor y lo convirtió en conciencia, y la conciencia movilizó su voluntad para poner fin a las causas de su padecimiento. Reunió a los demás gladiadores en un momento de descanso y les dijo: “Mirad a vuestro alrededor y decidme si hay una sola cosa que no hayáis creado vosotros, algo que no haya sido vuestro” En forma sentenciosa señaló: en la lucha no tenemos nada que perder, sólo nuestras cadenas. Entonces fue cuando la voluntad se le convirtió en poder y el poder, en emancipación. Llegó a la conclusión que cuando un Estado imperial se sobrepone a los intereses de los oprimidos, entonces el dolor, el querer y el hacer, se convierten en la expresión de la conciencia. En ese momento se crean las condiciones para impedir que un pueblo sea derrotado (*)

Miguel León Portilla nos habla del guerrero otomí Tzilacatzin que luchó como un águila agigantada en contra de la intervención española encabezada, entre otros, por Pedro de Alvarado. Se puso al frente de sus hombres para defender la independencia y la soberanía de la antigua Tenochtitlan. Sus ansias libertarias y su genio militar fueron tan grandes que cabalgaron por donde se dieron las grandes batallas por la libertad. A él y a sus soldados, va mi admiración y mi recuerdo porque supieron estar a la altura de otros héroes que, con mayor suerte, están reconocidos por la historia universal. Tzilacatzin pedía a sus hombres que ellos y nosotros, todos los que vivimos en este territorio sagrado, deberíamos luchar contra los que han querido someternos. Eso hacemos ahora la mayoría de los mexicanos

El 10 de abril se cumplieron ciento dos años del asesinato de Emiliano Zapata. El caudillo del sur que Howard Fast debió hablar de su vida y de su lucha como lo hizo con Craxio y Espartaco. Pero como ellos, Zapata organizó a los indígenas con siglos de dominación y convirtió su voluntad y su pobreza en conciencia, empoderó a miles de sombrerudos indígenas y campesinos y a la cabeza de ellos organizó un movimiento militar, político y cultural que hizo temblar a los hacendados y explotadores de Morelos, Guerrero, Puebla Oaxaca y Tlaxcala

Las comunidades agrarias y los sectores oprimidos encontraron en el movimiento zapatista una identidad con grados de conciencia muy importante que los llevó a luchar contra la opresión y por la libertad.  Zapata supo en todo momento que él se debía a los demás, a su gente. Asumió su liderazgo como un deber para con su pueblo, y en su acción revolucionaria, fue intransigente con sus principios. Jamás traicionó, ni se ubicó por encima de sus bases. Tuvo la visión y el arrojo para hacer de su fuerza una expresión autónoma y soberana, para desprenderse de direcciones ligadas a la burguesía, en cuyo proyecto no se contemplaban las demandas del pueblo

Contrario a lo que sucede hoy con grandes estamentos sociales en todos los pueblos del mundo, estos hombres nunca se quedaron en el marco de sólo pedir que les resolvieran sus problemas. Como Espartaco y Tzilacatzin, Zapata y muchos otros que ofrendaron su vida por la libertad, la soberanía nacional y la justicia, se adueñaron de la historia y se dispusieron a ser los actores que definieron el curso en que la dignidad de los pueblos, de sus mujeres y sus hombres, fueran los referentes para que el mundo de hoy no se convirtiera en colonias de los grandes imperios y de los detentadores del poder económico, político y militar

Espartaco, Tzilacatzin y Emiliano Zapata siempre estuvieron a la ofensiva en el despliegue de su pensamiento y de sus liderazgos políticos y militares. Privilegiaron en su acción el peso de la voluntad popular. Fueron auténticos constructores de la lucha revolucionaria y por eso son reconocidos como grandes luchadores de la justicia y de la libertad

 

 

 

 

 

  

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