domingo, 17 de septiembre de 2023

El cuerpo y el alma de las utopías mexicanas

Por JESUS SOSA CASTRO

Del 13 al 16 de este último septiembre, vimos en el centro y en todo el país, una expresiva manifestación de contento, de patriotismo y de una desconocida, fraternidad entre distintos sectores del pueblo mexicano. Del lado de los que perdieron el gobierno, los privilegios y los espacios los que lucían su condición de lamebotas del presidente en Palacio Nacional, se quedaron disfrutando desde sus casas, los sentimientos de la nación. En estos actos patrióticos hubo representaciones de distintos países a los que abrazamos con todo respeto y cariño. Su presencia contribuyó al encabronamiento de los engominados y señoras copetonas que antes se pavoneaban como las codueñas del poder

En los tiempos de los gobiernos neoliberales, las fiestas patrias requerían de un escaparate para exponer los recursos patrioteros, la modernización de las armas y la preparación del ejército y la armada, soportes de gobernantes repudiados. Curiosamente, la prole en rebeldía no se iba con la finta. Le cobraba la afrenta el mismo 15 de septiembre y en muchos actos públicos gritándoles espurios y represores. Los días posteriores, las protestas cimbraban al régimen y criticaban el comportamiento policíaco militar que habían mancillado, otra vez, los espacios del pueblo

Desde entonces a la fecha, se ha librado una lucha importante por la recuperación de esos espacios que han sido el centro de luchas históricas. El pueblo hoy, se está convirtiendo en un ejemplo a seguir. En las calles y plazas hay una creciente franja social que defiende sus derechos y también una pequeña franja de intelectuales que están al servicio de la transformación. Están desenmascarando a los antiguos gobernantes que tomaron por asalto el centro cultural y político de la nación

Los mexicanos siempre supimos cuál era el nivel cultural de esos gobernantes. No hacía falta que lo estuvieran exhibiendo todos los días. Presumían sus debilidades al través de un afrentoso desdén por los libros y por la inteligencia del país. Se habían fabricado una fama en la que rebotaban los elementos que, en políticas educativas, bibliotecas y bardas, sembraron con enorme convicción popular José Vasconcelos y Jaime Torres Bodet. A esos políticos del país, les falto siempre lo que Malala Yousafzai, hizo retumbar en las paredes de la ONU el 11 de octubre del 2013, candidata al premio Nobel de la Paz: “para que un país pueda triunfar -dijo- hay que educar a los niños, tratar bien a los maestros, leer libros y usar lápices en lugar de fusiles. Esto es lo único que cambiará el destino del mundo” (1)

En estas últimas fiestas septembrinas realizadas en el corazón de México, el jefe del ejecutivo federal, ha puesto de relieve la cultura y la historia, poniendo en juego las normas de la convivencia universal. La conmemoración fue la presencia de la paz, la cultura y el contento de la mayoría del pueblo mexicano. Quienes antes reclamaban derechos, prestaciones, libertades y democracia son ahora los principales impulsores de los derechos ciudadanos y de nuestras tradiciones culturales. Estos sectores, han multiplicado sus filas porque las acciones de gobierno ya no les inspiran ni miedo ni terror

Los funcionarios públicos transmiten a la gente, aquello de lo que habló Ernest Cassirer en su Introducción a una filosofía de la cultura “al lado del lenguaje conceptual, lógico o científico, siempre hay un lenguaje de la imaginación poética” (2) Esto lo están entendiendo los gobernantes porque en la mayoría de ellos hay capacidad, entendimiento y cultura. Han entrado al cuerpo y al alma de las utopías. Están recogiendo las voces del pueblo de aquí y de allá, están leyendo las historias individuales, y hacen de ellas una historia general, en la cual se puede oler y tocar el amor, la fraternidad y la esperanza  

Antes, el mundo de las letras le era ajeno a los políticos. Por eso siempre prefirieron tener lejos a los que piensan, a los que leen, a los poetas. Lo que tenían cerca era a los lambiscones, a los queda bien, a los represores. No eran capaces de entender lo que Eduardo García Barros escribió: “Soñé que soñando estaba, porque soñando debía, que aquel sueño que tenía, fuera el sueño que quería” (3) Los personajes que mantuvieron el timón de México vivieron y actuaron en la oscuridad. Pero hoy, en los parques públicos, jardines, y calles de la capital y del país, ya corren los niños y descansan los ancianos. Ya estamos empezando a disfrutar la felicidad

(1)información sacada de internet

(2)Filosofía de la cultura, Editorial FCE

(3)Citado por Elena Poniatowska, La noche de Tlatelolco

   

 

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