miércoles, 10 de septiembre de 2014

Te lo escribiré, le dije. Hoy estoy cumpliendo mi palabra
Por JESUS SOSA CASTRO
Me dormí con El libro de los abrazos. Había ido de la pequeña muerte de la que habla Eduardo Galeano a los amores insomnes de Mario Benedetti. Mi veta imaginaria voló incansable para transformar la lectura  en un ventarrón de ideas y de querencias. Tal vez era el reclamo de las mujeres que se han atravesado en mi vida y que, olvidadizas y desamorosas como son, protestaban hoy por mis omisiones  ininterrumpidas aunque involuntarias. Querían salir de las entretelas de mis sentimientos profundos y salieron corriendo como gacelas que recién logran su libertad
¡No me di cuenta a qué horas me dormí! Tampoco pude medir el tiempo. Dos, tres o cuatro horas fueron suficientes para elucubrar, para dar cuerpo y forma a un gigante fantástico parecido a un camello con la cara del Guernica de Pablo Picasso. Su embestida, su fuerza, agrietaron mi subconsciente y en una loca y desenfrenada carrera hacia un lugar inexistente salió y me hizo correr desaforado perseguido por una multitud trotante que me arrollaba, cuesta abajo, sin sentido y sin poder explicar lo que pasaba. Un camello con cuernos, hambriento y mitológico, perseguía  mi humanidad sin que mis huesos y mis ojos pudieran detenerlo y descubrir en su mirar el por qué de su delirante persecución. ¿Serían las reformas de Peña Nieto?
En el entorno había una cerca de alambre. Arbustos, polvo y gente, mucha, mucha gente. Al otro lado, en competencia similar, también venían, frenéticos, casi levitando, personajes callados  pero cuyos rostros mostraban decisión, valor y disposición a toparse con lo que fuera
Avanzaban los tumultos. Cada cual por su lado. Corrían en la misma dirección. Como perseguidos por los mismos fantasmas.  En esa carrera incontinente, jadeante y con un rostro hermosamente descompuesto aparecía una mujer con borbollones de palabras que le hacían difícil el habla pero que hacía esfuerzos por gritarlas a la muchedumbre. ¡Traigo en el bolso algo para huir! Corre, corre. Y yo corría, empujado por los gritos de esa multitud invisible que te arrincona y atropella  no importa hacia dónde ni cómo. Tal fue mi carrera que sentí que había despertado. Me escurría el sudor y esa hermosa mujer corría conmigo con un canasto de flores que  protegía como la niña de sus ojos y aseguraba que eran nuestra salvación. ¿Flores para salvarnos?
Fuimos transportados con fuerza. Íbamos juntos en un mar de gente sin rostro, perdidos y sin rumbo. De pronto llegamos a la parte baja de esa montaña de la que veníamos rodando. Éramos dos torrentes humanos que escapábamos  de algo.  Huíamos, queríamos salir de allí y refugiarnos en otro lugar que tampoco sabíamos donde se encontraba. La marea se hacía un remolino y nos juntaba a gran velocidad. No había manera de escapar. Alzábamos los brazos, gritábamos sin ser escuchados por nadie. La marea seguía, iba perdida en una carrera sin sentido y viajando hacia el infinito. Ya sabíamos  quién nos empujaba
Ella y yo caminábamos juntos, agobiados. Mirábamos a nuestro derredor y Pumo, el fantástico animal que parecía camello, con la cara del toro de Picasso, abría sus fauces enloquecido por la ira persiguiendo a esa mujer. Parecía que la pelea era contra ella. Nos protegíamos mutuamente. La suerte la correríamos juntos.  Por más que éramos llevados y traídos por esa marea caótica, el abrazo protector no se rompió. El fantasma con jorobas y  cuernos se estiraba para arrebatármela y su largo pescuezo acercaba su aliento a nuestra cara con un aire de ensoberbecido triunfo. De un solo movimiento, los gruesos belfos del animal atraparon el rostro pálido de la señora, envolviéndola  en un enloquecido beso, estremecedor, lleno de pasión y de hartazgo animal.
Me desperté. Busqué la manera de serenarme. Recogí El libro de los abrazos y leí otra vez  “No nos da risa el amor cuando llega a lo más hondo de su viaje, a lo más alto de su vuelo, porque nacer, es una alegría que duele. La culminación de un abrazo es una pequeña muerte  que rompiéndonos, nos junta, perdiéndonos, nos encuentra y acabándonos nos empieza” Cerré el libro y el sueño,…. siguió. Le di un repaso a esa carrera cuesta abajo y me puse a buscar la explicación de este sucedido. Ya despierto recordé que había vivido una jornada agotadora donde mis amigos y compañeros habíamos enfrentado un reto de grandes dimensiones. La  habíamos hecho con honor y nos había convertido en una fortaleza orgullosa, grande y humana. Tal vez era esa la mujer que había visto en mis sueños. Pero ya casi al amanecer vi que a mi lado estaba Mari Carmen. Le dije que le contaría paso a paso lo que había soñado. En su presencia le hice saber la parte final de este sueño premonitorio. Te lo escribiré, le dije. Hoy estoy cumpliendo amorosamente mi palabra


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