miércoles, 27 de enero de 2016

El ser humano es más grande que la guerra (*)

Por JESÚS SOSA CASTRO

Svetlana Alexiévich dice que durante la segunda guerra mundial participaron más o menos un millón de mujeres en el Ejército Rojo. Acompaña esta cifra con una frase  de Osip Mandelshtam, poeta y literato polaco que estremece a cualquiera: “Veinte millones de personas caídas en la URSS, en balde abrieron una senda en el vacío”…. ¿Cómo se puede entender esta afirmación? ¿Cuáles son los elementos que la autora usa como referentes? ¿Por qué esta inconcebible capacidad del ser humano para matar?
Este escritor de origen polaco muere en un campo de trabajos forzados en Siberia durante el estalinismo. Un hecho que confirma la regla. Por su lado, la poesía y la obra literaria de Svetlana y de Osip, se han convertido, en un canto a la liberación de su patria y en dar a conocer al mundo el papel heroico de un millón de mujeres que lucharon y murieron por echar de su enorme territorio al fascismo alemán.  Su obra puede calificarse como una poesía “cívica” porque es una poesía contra el poder, contra el olvido y a favor del amor a la libertad
Hace varios años, cuando estaba en pleno auge la guerra fría entre “oriente y occidente” leí varios libros que hablaban del heroísmo del pueblo soviético y de su ejército. Poca literatura había que hiciera un juicio crítico de lo que el estalinismo significó para muchos cuadros militares, intelectuales y críticos. La lectura del Pabellón de cancerosos y el Archipiélago Gulag de Alexandr Soltenitsyn, me bastaron para pensar que el occidente, con los EU a la cabeza, quería destruir el prestigio internacional que la URSS había alcanzado al derrotar a las fuerzas armadas de Hitler. Me pareció entonces que sólo era una campaña anticomunista y que poca verdad encerraban los señalamientos que se hacían por parte de los críticos de oficio
Pero en el mes de octubre del 2015 la Fundación Nobel, dio a conocer que a la escritora y periodista Svetlana Alexievich se le otorgaba el Premio de Literatura. La prensa y los periodistas pronorteamericanos y al servicio de las mafias criollas, desataron una horrenda campaña diciendo que la autora exhibía sin piedad lo que Lenin y Stalin, habían edificado en ese país contra las libertades y la democracia de la gente. Quise conocer por mí mismo tales afirmaciones de la prensa pro yanqui y me fui a comprar el libro, La guerra no tiene rostro de mujer, libro en el cual, se decía, estaba escrito todo lo que por años “se había ocultado a la humanidad” y por el cual le habían dado el premio nobel a la escritora bielorrusa
Pues bien, aquí un breve testimonio de todo lo que este libro dejó en mis adentros emocionales. El relato me llegó. Abres sus páginas y no dejas de leerlas. Con ellas vives la pasión, la valentía y la muerte de miles y miles de jovencitas que se fueron a la guerra por defender a su patria. Es una historia que rescata el papel militar, guerrero por definición, de las mujeres jóvenes que ofrendaron todo, su juventud y su valor. El honor, la ternura, la valentía y el arrojo de las participantes en esta brutal guerra, solo eran superadas por el indeclinable deseo de echar del país a los invasores hitlerianos. Lo que vivieron, lo que sufrieron, sus sentimientos, sus amores perdidos y el olvido del Estado por ser mujeres y además jóvenes, está en el centro del relato y de esta historia sin fin
Es verdad que es un libro crítico contra los excesos estalinistas, contra las burocracias que se enquistaron en la dirección del Estado cambiando el sentido del marxismo leninismo. No es, en cambio, lo que la prensa y los gacetilleros hablaban y hablan del libro. Es un hermoso recogimiento de una verdad que por años, el machismo preponderante en casi todas las culturas, ocultó. El heroísmo insumiso de esa generación de muchachas hizo posible escribir otra parte de esa historia, que por fin, conocemos
¿Qué hace la gente bajo la tierra? preguntó un niño a la escritora. La respuesta no la pudo desentrañar. Lo que el niño preguntaba requería libros y libros de explicaciones. No era fácil entender por qué un almácigo de vidas que están en plena floración, tiene que ser destrozado por la metralla de enemigos que nunca les has visto su rostro. Tal vez la respuesta  estaba en el sufrimiento de otras jovencitas
“Antes pensaba -decía una jovencita- que el sufrimiento liberaba, que, tras superar las penas, el individuo ya solo se pertenece a sí mismo. Que su propia memoria le protege. Pero estoy descubriendo que no, no es una regla general. A menudo este saber existe como un ente oculto, como una especie de reserva intangible y secreta, como las pepitas de oro en una mina. Hay que separar minuciosamente el lastre y rebuscar bien entre los sedimentos del ajetreo diario para finalmente hacerlo brillar” y hacer que nos regale su preciada luz. Entonces -me pregunto- ¿Qué somos en realidad, de qué estamos hechos? ¿De qué material? ¿Cuál es su resistencia? ¡Eso es lo que queremos entender! Por esto yo ando en busca de la respuesta. Lo que preguntó el niño tampoco lo sé. ¡Lo que sí sé es que lo más espantoso de la guerra, es la muerte!

(*) Expresión contenida en el libro de Svetlana Alexievich, premio Nobel de Literatura 2015, La guerra no tiene rostro de mujer   

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